No se puede dormir en sabanas sucias.
Corrí.
Corrí.
Y corrí lo más que pude. Corrí lo que jamás había corrido en mi vida.
Mi corazón golpeaba mi pecho y el aire me faltaba. Tuve que parar un segundo para respirar mucho.
Respire mucho.
Respire mucho y tome mucho aire, cerrando mis ojos, recordando al muchacho guapo de la cascada. Un muchacho que estoy segura que jamás en toda mi vida había visto. Pero que era muy guapo.
Abrí los ojos y volví a correr.
Y corrí más deprisa, mas rápido tratando de no tropezar, tomando con mis manos todo lo que podía de mi vestido para que no se estropeara.
No podía estropearse.
Mi cabello mojado se me hacia un poco incomodo cuando se pegaba a mi cara. Me dolían mis pies desnudos cuando los maltrataba con el piso, las piedras y la arena.
Pero solo podía pensar en eso de que si no llegaba a mi casa antes de que el sol se pusiera, era mujer muerta.
Pero corrí, como nunca había corrido.
Mire arriba tratando de encontrar la mejor manera de escalar la pared. Tarde solo 3 segundos en pensarlo... Ya me había vuelto experta en eso.
Salte por la ventana abierta y estuve en mi habitación de nuevo.
Suspire.
Suspire porque aun tenía la posibilidad de seguir viva.
- ¡ISABEEEEELLAAAAAAAAAAAAAA! - esa fue mi madre. Y cuando escuche su voz entre en pánico.
Me estaba llamando, y estaba enojada. La conocía y me iban a matar.
¿Me habrían visto salir de la casa? Era imposible. No había manera.
- ¡ISABELLAAA! - Otro grito.
Escuche pasos, por la escalera y fue cuando entre de verdad en pánico. Cerré la puerta que daba con mi recamara, o al menos con la parte de mi vestidor. Con urgencia saque el pañuelo que estaba en mi escote; el pañuelo del apuesto muchacho, también me deshice de mi vestido y lo escondí debajo de la cama. Desordene las sabanas y me metí en ellas. Desordene mi cabello mojado y me tape de pies a cabeza escondiendo el pañuelo debajo de mi almohada.
Que no me pillen, que no me pillen, que no me pillen...
Escuche como forcejeaban con la puerta. Cerré mis ojos, con fuerza, demasiada fuerza.
Que no me pillen, que no me pillen, que no me pillen...
Apreté las sabanas con mis manos y mi respiración se detuvo cuando la segunda puerta era forcejeada.
Que no me pillen, que no me pillen, que no me pillen...
- ¡Isabella! - Era Nana.
Volví a respirar pero no abrí los ojos.
- Niña su madre quiere que... - Jalo de la sabana y ahogo un grito, tapo su boca con su mano. Abrí mis ojos, los suyos ardían en asombro. - ¡Niña! Si su madre ve esto la mata. ¿Donde ha estado toda la tarde?
No respondí.
- Tendrás que contarme después, yo iré a lavar estas sabanas sin que su madre nos vea, luego las cambiare.
Mordí mi labio y deje escapar todo el aire que no sabía que estaba conteniendo. Me jalo del brazo y me hizo salir de la cama, dirigiéndome a la tina.
- ¡Báñese! - Ordeno ella, jalando de sus cabellos y caminando de aquí para allá. Dejo unas toallas sobre la tina caliente y me ayudo a desvestirme completamente. Iba a meter mis pies al agua cuando me jalo hacia ella.
- ¿Que va a hacer señorita? No puede meter esos pies al agua limpia.
- Pero si ya se limpiaron con las sabanas. - replique.
- No lo sufriente. ¡Venga!
Tomo un balde de alguna y virio el contenido sobre mis pies sucios. Con una pinza iba a amarrar mi cabello pero cuando lo toco note como quedaba congelada en su lugar.
Olio mi cabello e hizo un sonido de desaprobación.
Era mujer muerta...
- No demore, su madre la espera.
Y fue lo único que dijo antes de salir por completo de mi habitación. Oí los dos portazos a lo lejos y me deje caer en la tina.
Ahora, solo podía rezar porque no le dijera a mis padres.
Me relaje en el agua tibia, mis hombros se sostuvieron en el borde de la tina y pensé, pensé mucho y pensé en el muchacho de la cascada.
Aquel muchacho de ojos esmeralda. Aquel muchacho guapo de sonrisa perfecta.
Suspire, suspire porque quería volver a verme. A mí. A Isabella Swan. ¡Quería verme a mí!
Y estaba mal, estaba mal porque era un muchacho. Una señorita no podía estar a solas tanto tiempo con un muchacho y menos con un muchacho tan guapo.
Salí de la tina, me coloque una pijama y me senté en el tocador para cepillar mi cabello. Ojala fuera como rampunzel, con mi cabello largo y de oro para poder escapar para siempre de esta torre, pensé.
Pero mi cabello no era lo suficientemente largo y tampoco era de oro, solo era largo y oscuro. Oscuro y café.
No como el de Rosalie que si es largo. Largo y de oro.
Pude notar desde el espejo las nuevas sabanas blancas bien puestas sobre mi cama.
- ¡Isabella! - Abrieron la puerta y mi madre estaba ahí, con un perfecto traje azul, que dejaba un poco desbordados sus pechos y estaba fumando. Y detrás de ella estaban otras dos empleadas que la ayudaban con la peluca.
La mire desde el espejo mientras seguía cepillando mi cabello.
- A ti te estaba buscando. - Dijo secamente dándole una inhalación a su cigarro. - ¿Donde estabas jovencita?
- Viendo a los caballos. - Mentí.
Ella se acerco a mí y se arrodillo un poco para quedar a mi altura. Me examino un rato con la mirada mientras que yo, pobremente trataba de sostener la suya con la mía.
- Iremos a una cena esta noche. Tu padre, tu hermana y yo.
Me encogí de hombros. No me importaba ella y sus estúpidas cenas.
- Le presentaremos un admirador a tu hermana... Ya sabes, para liarla.
Empezó a mover mi cabello, a acariciarlo, era raro eso en mi madre.
- Deberías empezar a pensar en eso Isabella.
- ¿Pensar en qué? - Dije bajito sin Presártele atención.
- En pretendientes. Eres hermosa cariño pero nadie se interesara en ti si cada vez eres más rara y mas... Vieja.
- ¡Solo tengo 16 mama! Rosalie ya tiene 18 y no le dices nada.
- Porque a ella le llueven pretendientes... Es solo que buscamos al mejor postor. En cambio a ti... Tu padre y yo ya empezamos a preocuparnos.
- ¿Venderías a tus hijas por status, dinero y por poder? - Replique en un grito.
Ella se levanto. - Ves pensándolo Isabella. No queremos llegar a imponerte un matrimonio por la fuerza.
Y se fue de mi habitación llenándolo con su asqueroso humo.
Eso, sobre mi cadáver mamita...
***
Puso el plato de comida fuertemente sobre la mesa haciendo que pedazos de habichuelas saltaran afuera.
Estaba enojada.
Recogí torpemente las habichuelas que estaban fuera del plato con los cubiertos. Ella, mientras tanto estaba cruzada de brazos, mirándome y aclarando su garganta más de lo que era necesario. Era obvio que solo quería llamar mi atención.
Pero no alce mi mirada, no quería hacerlo. Llevaba mucho tiempo haciendo lo que hacía y solo porque mi Nana me había pillado los pies sucios sobre las sabanas blancas no significaba nada... ¿O sí?
- Isabella. - Dijo mi nombre como un regaño. Lleve una horrorosa habichuela a mi boca. - ¡Isabella! Mirame cuando te hablo.
Y levante mi mirada, aun con el cubierto en mi boca. Creo que haberme recogido el cabello esta noche no fue buena idea.
- ¿Que pasa Nana? - Pregunte como si nada, haciendo mi mejor cara de 'No sé porque estas tan molesta'. Ella entrecerró los ojos un poco estudiándome con la mirada.
Baje de nuevo la cabeza y me concentre una vez más con las habichuelas de mi plato.
Asquerosas habichuelas...
- Isabella, usted tiene que darme una explicación.
- ¿Sobre qué? - Respondí como si nada.
Ella se sentó en la silla de al lado, la silla del comedor que usualmente usa Rosalie, la silla prohibida, por mi y por todos.
- Sobre todo, sobre las sabanas sucios y su cabello mojado. - Tomo mi cara con un poco de brusquedad para que la mirara a los ojos. - ¿Donde anduvo toda la tarde, niña?
Evadí su mirada, mi corazón se acelero. - Por ahí...
- ¿Por ahí, donde? Y más te vale que me digas la verdad o tú...
Tape su boca con mi mano. - Por favor, por favor no se lo digas a nadie.
- No Isabella, he trabajado para su familia mucho tiempo y te quiero, eres como la hija que nunca he tenido, pero si estás haciendo cosas malas por ahí yo...
- ¡No estoy haciendo nada malo!
- ¿Y sus pies? ¿Su cabello? Porque olía su cabello a tierra. ¿Porque su cabello estaba mojado?
Quería contárselo, quería contarle que todos los días iba a bañarme a esa hermosa cascada. Quería contarle que me bañaba desnuda, completamente. Quería contarle que había conocido al hombre más guapo del mundo esta tarde pero no, no iba a contárselo.
- Solo fui a cabalgar con mi caballo por ahí, no sabía que nos habíamos ido tan lejos, estaba cansado y nos perdimos y tuve que regresar caminando, lo siento. - Mentí.
- ¿y el caballo?
Me encogí de hombros. - En su establo.
No dijo nada y me arrebato el plato de comida. - Más te vale que no le estés mintiendo a tu Nana.
Ahora, ves a dormir, su padre dio órdenes de que se fuera a la cama temprano.
- Pero no tengo sueño y ¿para qué mi padre me querría tan temprano en la cama?
Ella se encogió de hombros mirando a ambos lados antes de hablarme.
- He escuchado por ahí eso de que tiene no solo un pretendiente, si no dos.
Abrí los ojos por el asombro. - ¿¡DOS PRETENDIENTES! - ella tapo mi boca con un dedo haciendo un ruidoso 'shhhhh' - ¿Como lo sabes?
- Lo oí cuando ayudaba a su madre con unos vestidos, ella discutía con su padre. Y al parecer son muy guapos y con muy buena posición social. La señorita Rosalie esta celosa.
Dos pretendientes. ¡Por primera vez tenia pretendientes! Y debía estar contenta, lo sé pero no lo estaba. Solo pensaba en el chico de la cascada de esta tarde.
- ¿Y que se supone que hare con esos dos pretendientes? - Pregunte con poca curiosidad.
- No lo sé, según lo que escuche fue hace unos días que les llego una carta solicitando una cita a solas con usted.
Lleve mi mano a mi corazón. - ¿Conmigo?
Ella asintió. - ¿Porque se asombra? Para mi parecer usted es mucho más hermosa que la señorita Rosalie.
Me sonroje.
Negué frenéticamente. - No quiero conocer a esos dos pretendientes. - Dije en un susurro. Un susurro que ella escucho.
- ¿Por qué no? - Dijo con los ojos recelosos y su voz con un tono extraño.
- Por nada.
Y no respondí nada y subí las escaleras, las subí muy deprisa, sabiendo la verdadera razón por la que no quería conocer a mis dos admiradores.
Cerré las dos puertas de mi habitación y cuando estuve a solas revise debajo de mi almohada para encontrar mi pañuelo. Su pañuelo.
Pero no estaba.
Y fue ahí cuando me di cuenta, que Nana lo sabia...



0 comentarios:
Publicar un comentario